Cuando la lluvia también detiene los sistemas: el riesgo tecnológico detrás de El Niño

 


Por Diego Ossa, CEO de Stefanini Group para la región Sur de Latinoamérica.

El Niño ya está presente en Argentina y las perspectivas para los próximos meses vuelven a poner la preparación frente a eventos climáticos en la agenda. El Servicio Meteorológico Nacional confirmó en septiembre que el fenómeno se encuentra en una fase cálida y estima una probabilidad del 100% de que se mantenga durante el trimestre septiembre-octubre-noviembre de 2026. 

El escenario tiene implicaciones concretas. Organismos oficiales vienen recomendando anticiparse ante la posibilidad de lluvias intensas durante la primavera y el verano, mientras que el INTA advierte que los efectos no serán iguales en todo el territorio: históricamente, El Niño puede aumentar la probabilidad de excesos hídricos en determinadas regiones y cuencas, particularmente en la gran cuenca del Plata. 

Pero existe también otro impacto del que hablamos menos: ¿qué ocurre con la operación digital de una empresa cuando un evento climático afecta simultáneamente la electricidad, las telecomunicaciones, el acceso a sus instalaciones o incluso a alguno de sus proveedores?

Hoy prácticamente todos los procesos críticos de una organización dependen también de infraestructura tecnológica. Una interrupción de energía o conectividad puede terminar afectando aplicaciones, datos y canales digitales. Y si al mismo tiempo una sede queda inaccesible o un proveedor crítico deja de operar, una contingencia climática puede convertirse rápidamente en un problema de continuidad del negocio.


Cuando varias cosas fallan al mismo tiempo

Las empresas suelen estar preparadas para incidentes individuales. Existe un procedimiento si falla un servidor, otro si se interrumpe la electricidad y probablemente otro si se pierde conectividad. Pero el verdadero desafío aparece cuando varios de esos problemas ocurren simultáneamente.

Una lluvia intensa o una inundación no necesita llegar físicamente hasta un centro de datos para afectar la operación. Puede interrumpir el suministro eléctrico, dañar una conexión, impedir que los empleados accedan a una instalación o afectar la operación de un tercero del que depende un proceso crítico.

Las consecuencias, además, cambian según la actividad. En servicios financieros pueden significar transacciones o canales que dejan de estar disponibles; en retail, pagos, inventarios y comercio electrónico; en logística, dificultades para rastrear mercancías o coordinar entregas; y en manufactura, sistemas tecnológicos directamente conectados con la operación física.

Por eso, una estrategia de resiliencia debería comenzar identificando qué procesos no pueden detenerse, durante cuánto tiempo y de qué dependen para mantenerse operativos.


La vulnerabilidad de depender de un solo camino

Uno de los principales riesgos son los puntos únicos de falla. Puede tratarse de un único centro de datos, una sola conexión de telecomunicaciones, una ubicación física, un proveedor o una aplicación crítica que depende exclusivamente de determinada infraestructura.

Esto cambia también la conversación sobre cloud. Migrar aplicaciones a la nube puede aumentar la flexibilidad y formar parte de una estrategia de continuidad, pero hacerlo por sí solo no garantiza resiliencia.

La pregunta relevante es si la arquitectura completa permite distribuir cargas, datos y capacidades entre distintos entornos cuando las condiciones lo requieren. De ahí la importancia de una infraestructura híbrida que pueda integrar recursos on-premise, cloud y edge de acuerdo con la criticidad de cada operación.

En Stefanini Group entendemos la infraestructura híbrida desde esa lógica: aprovechar de manera integrada lo mejor de los entornos on-premise, cloud y edge, de acuerdo con la criticidad y las necesidades de cada operación.

Los respaldos, la redundancia y las conexiones alternativas cumplen funciones igualmente importantes. Un backup permite recuperar información; la redundancia disminuye la dependencia de un único componente; y una conexión alternativa puede mantener determinadas operaciones cuando la principal deja de estar disponible. Pero ninguna de estas herramientas garantiza continuidad de manera aislada. La clave está en cómo se integran y orquestan.


Detectar antes para responder más rápido

También existe una oportunidad para pasar de una gestión reactiva de la infraestructura a una más proactiva. Tradicionalmente, el proceso comenzaba cuando algo fallaba: se generaba una alerta y un equipo intentaba determinar qué había ocurrido. Hoy, la automatización y, especialmente, la inteligencia artificial, permiten detectar patrones anómalos, relacionar información procedente de diferentes sistemas e identificar señales que pueden anticipar determinados problemas.

A través de AIOps, por ejemplo, es posible analizar registros, métricas y eventos, ayudar a identificar posibles causas y automatizar algunas acciones de respuesta. Esto no significa que la inteligencia artificial pueda evitar una inundación o garantizar que una infraestructura nunca falle. Significa que puede proporcionar mayor visibilidad, ayudar a detectar señales tempranas y reducir los tiempos de respuesta antes de que determinados incidentes escalen hasta afectar procesos críticos. Ese es justamente uno de los principios del abordaje AI First de Stefanini Group: utilizar la inteligencia artificial como motor de inteligencia operativa para evolucionar hacia operaciones más proactivas y basadas en datos.


Prepararse también significa probar

Desde Stefanini Group planteamos cuatro frentes para fortalecer la resiliencia tecnológica: prevención, recuperación, automatización y gobernanza.

El primero implica identificar procesos críticos y reducir los principales puntos únicos de falla. El segundo, establecer redundancias y mecanismos claros de recuperación. El tercero busca automatizar aquellas respuestas que pueden ejecutarse con mayor velocidad. Y el cuarto establece quién toma decisiones, qué se prioriza y qué protocolos deben activarse ante una contingencia. Sin embargo, hay algo igualmente importante: probar que todo funciona.

Una organización puede tener un plan de continuidad impecable sobre el papel y descubrir durante una emergencia que una conexión alternativa no responde como esperaba, que recuperar determinada información requiere más tiempo del previsto o que no estaban claras las responsabilidades de cada equipo. Sin embargo, un plan de continuidad que nunca ha sido sometido a una simulación sigue siendo, en gran medida, una hipótesis.


La pregunta de las 24 horas

El Niño no afectará de la misma manera a todas las regiones ni a todas las empresas argentinas. De hecho, el INTA insiste en que sus efectos sobre precipitaciones y temperaturas presentan importantes diferencias regionales. Precisamente por eso, resiliencia no significa diseñar una única respuesta para cualquier escenario.

Significa entender cuáles son las funciones esenciales de cada organización y cuánto tiempo pueden permanecer interrumpidas. Una empresa que todavía no tenga una estrategia sólida de continuidad podría comenzar con una pregunta sencilla:

Si mañana nuestra infraestructura principal deja de estar disponible durante 24 horas, ¿qué necesita seguir funcionando para que el negocio no se detenga?

A partir de allí es posible identificar procesos críticos, mapear sistemas, datos, personas y proveedores; determinar cuánto tiempo puede permanecer interrumpido cada proceso; y establecer los mecanismos de recuperación necesarios.

Porque frente a El Niño las empresas no pueden controlar cuándo llegará una lluvia intensa ni qué infraestructura externa resultará afectada. Lo que sí pueden decidir es qué tan preparadas estarán para seguir operando cuando ocurra. Y esa es, finalmente, la diferencia entre tener un plan de contingencia y construir verdadera resiliencia.

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