La escena urbana ya no se define solo por edificios, calles y transporte. Cada vez más, las ciudades incorporan capas invisibles de tecnología que procesan datos en tiempo real, automatizan decisiones y buscan resolver problemas históricos como la congestión vial, los accidentes de tránsito y el consumo energético desmedido.
Ese cambio estructural explica por qué el mercado global de ciudades inteligentes se encamina a un salto de escala que podría llevarlo hasta los USD 1,45 billones hacia 2030.
La combinación de inteligencia artificial, Internet de las Cosas (IoT) y análisis avanzado de datos dejó de ser una promesa futurista para convertirse en una herramienta concreta de gestión urbana. En un contexto de urbanización acelerada, presión sobre la infraestructura existente y mayor impacto del cambio climático, las smart cities aparecen como una respuesta directa a desafíos que afectan tanto a gobiernos como a empresas y ciudadanos.
Las estimaciones del sector indican que el mercado global, hoy valuado en torno a los US$ 700 mil millones, podría duplicar su tamaño en los próximos años. El impulso no es casual: se proyecta que el 68% de la población mundial vivirá en ciudades hacia 2050, lo que obliga a repensar movilidad, energía, seguridad y servicios públicos con criterios de eficiencia y sostenibilidad.
Buenos Aires ante la brecha tecnológica
El IMD Smart City Index 2025 ubicó a Buenos Aires en el puesto 131 del ranking global, lejos de las ciudades líderes como Zúrich, Oslo y Ginebra. La posición expone una brecha tecnológica evidente, pero también señala un margen amplio para adoptar soluciones que ya muestran resultados medibles en otros países.
“Las smart cities representan el epicentro de la revolución urbana: tecnología, datos, IA e IoT son palancas clave que permiten a empresas de todos los sectores optimizar sus operaciones en tiempo real, mientras que la sostenibilidad y la mayor eficiencia generan un impacto real en la vida de las personas, con aire más limpio, movilidad fluida y mejor calidad de vida”, afirma Marjorie Ann Guerra Neira, Gerente de Digital Studios de Tivit Latam.
En el caso argentino, donde las áreas metropolitanas concentran problemas estructurales de movilidad, infraestructura y sostenibilidad, el modelo de ciudad inteligente se presenta como una oportunidad doble. Por un lado, para mejorar la eficiencia de la gestión pública; por otro, para crear un entorno más atractivo para inversiones vinculadas a servicios, tecnología y desarrollo urbano.
Tecnología, datos y clima en el centro del debate
La discusión sobre el futuro de las ciudades también ganó peso en la agenda internacional. La reciente COP30, realizada en Belém, reforzó el rol estratégico de los centros urbanos frente al cambio climático y subrayó la necesidad de combinar planificación urbana con innovación tecnológica. Las conclusiones del encuentro coincidieron en un punto central: sin digitalización, interoperabilidad de datos y decisiones basadas en información en tiempo real, resulta imposible enfrentar los desafíos climáticos y de infraestructura.
Estudios como “Ciudades cada vez más inteligentes”, de KPMG, muestran que la integración de datos urbanos y la automatización de procesos generan mejoras concretas en eficiencia. Gobiernos y empresas de sectores como retail, logística, energía, salud y manufactura ya registran reducciones de hasta un 20% en el desperdicio de energía y agua, además de operaciones más predecibles y una mayor capacidad para anticipar riesgos climáticos y operativos.
Casos que muestran resultados
Las experiencias internacionales funcionan como referencia de lo que es posible. En Zúrich, sensores ajustan la iluminación urbana según el flujo vehicular, lo que permite reducir el consumo energético sin afectar la seguridad. La ciudad también avanzó en sistemas de movilidad eléctrica que optimizan la logística y recortan emisiones.
Oslo, en tanto, monitorea en tiempo real la calidad del aire y el consumo energético, y utiliza plataformas digitales para mejorar la seguridad vial y la movilidad urbana. El uso intensivo de datos permite intervenir antes de que los problemas se agraven y diseñar políticas públicas más precisas.
El avance de las ciudades inteligentes no responde solo a una tendencia tecnológica. Detrás del crecimiento de un mercado que ya se mide en billones de dólares hay una transformación más profunda: la idea de que la gestión urbana, apoyada en datos y automatización, puede impactar de forma directa en la calidad de vida, la competitividad económica y la sostenibilidad ambiental.
En ese escenario, la pregunta ya no es si las ciudades deben volverse inteligentes, sino cuán rápido pueden hacerlo.
