La visión de la OTAN sobre las futuras guerras tecnológicas

 


La próxima gran disputa global no se librará únicamente con tanques, fragatas o aviones de combate. Se jugará en laboratorios, centros de datos, constelaciones satelitales y ecosistemas de innovación.


Un informe prospectivo de la NATO Science & Technology Organization, el brazo científico-tecnológico de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), traza un mapa de las fuerzas que, entre 2025 y 2045, redefinirán la seguridad, la economía y el equilibrio de poder global. La conclusión es contundente: la ciencia y la tecnología dejarán de ser un apoyo a la defensa para convertirse en el terreno central de la competencia estratégica.


El documento identifica seis grandes macro-tendencias que, combinadas, dibujan un escenario más complejo, interconectado y tecnológicamente dependiente que el actual.



Un campo de batalla que ya no es solo físico

La competencia entre Estados se expande más allá de los dominios tradicionales. A tierra, mar y aire se suman el espacio, el ciberespacio y el dominio de la información. También regiones estratégicas como el Ártico adquieren mayor relevancia geopolítica.


En este contexto se consolida la llamada “guerra híbrida”: presión económica, ciberataques, operaciones de influencia y uso selectivo de la fuerza en zonas grises que evitan el enfrentamiento directo pero generan desgaste constante.


La OTAN asume que tecnologías como sensores avanzados, sistemas autónomos, guerra electrónica y capacidades espaciales serán decisivas para mantener la iniciativa en este entorno multidominio. El desafío ya no es solo desarrollar capacidades, sino integrarlas de forma coordinada entre aliados con distintos marcos regulatorios y niveles tecnológicos.



Inteligencia artificial y tecnología cuántica: multiplicadores de poder

El informe coloca a la inteligencia artificial y a las tecnologías cuánticas en el centro de la próxima carrera estratégica.


La IA impacta en mando y control, análisis de inteligencia, ciberdefensa, logística y sistemas autónomos. Pero no funciona en el vacío: requiere datos masivos y de calidad, infraestructuras digitales robustas y capacidad de cómputo avanzada.


La tecnología cuántica, por su parte, promete avances en comunicaciones seguras, sensores de alta precisión y procesamiento que podría alterar el equilibrio en ciberseguridad.


El mensaje es claro: la competencia no será solo por plataformas, sino por talento, infraestructura y cooperación. Ningún país puede sostener esta carrera en solitario. La colaboración entre aliados y con el sector privado aparece como condición necesaria.


El próximo ciclo disruptivo podría ser biológico

Más allá del universo digital, el informe señala que la biotecnología, y en particular la biología sintética, podría protagonizar el siguiente gran ciclo transformador.


La capacidad de editar genomas, diseñar organismos y combinar biodatos con automatización abre oportunidades en salud, agricultura, materiales y protección de fuerzas desplegadas. Pero también introduce riesgos sensibles, desde la manipulación genética con fines hostiles hasta el uso indebido de conocimientos científicos avanzados.


La tensión es evidente: proteger la investigación con valor estratégico sin bloquear la cooperación científica ni erosionar principios democráticos.



Recursos críticos, clima y desigualdad tecnológica

El acceso a energía, minerales estratégicos, tierras raras y cadenas de suministro seguras se perfila como un factor decisivo. Las tecnologías avanzadas dependen de materiales específicos y de infraestructuras globales interconectadas.


El cambio climático actúa como acelerador de tensiones: altera rutas logísticas, aumenta la competencia por recursos y expone vulnerabilidades en infraestructuras críticas.


Según el análisis, la brecha entre quienes puedan absorber estos impactos y quienes no se ampliará. La resiliencia tecnológica y económica será parte central de la seguridad.



La confianza pública como variable estratégica

Otro eje relevante es la fragmentación de la confianza social. Las tecnologías digitales, incluida la IA generativa, facilitan campañas de desinformación cada vez más sofisticadas.

La erosión de la confianza en instituciones, gobiernos y ciencia no es vista solo como un problema político, sino como un factor de vulnerabilidad estratégica. La cohesión social y la capacidad de resistir operaciones de influencia se integran así al concepto de defensa.



Dependencias tecnológicas y el rol del sector privado

Las fuerzas armadas y los Estados dependen cada vez más de redes, servicios en la nube, satélites comerciales y software desarrollado por empresas privadas.


Esto genera oportunidades, pero también riesgos: concentración de proveedores, dependencia de actores con gran poder de mercado y desafíos de interoperabilidad entre aliados.


El informe plantea la necesidad de diseñar capacidades “interoperables por defecto” y de equilibrar sistemas altamente sofisticados con soluciones más simples y resilientes.



Una conclusión estratégica

El hilo conductor del documento es que la ventaja futura no se medirá únicamente en equipamiento militar, sino en ecosistemas científico-tecnológicos, marcos éticos sólidos y capacidad de adaptación.


Entre 2025 y 2045, las decisiones en inversión, regulación, cooperación y protección de investigación crítica condicionarán el margen de maniobra político y militar de los Estados.


La frontera entre seguridad y vulnerabilidad, advierte el análisis, se está dibujando ahora en laboratorios, redes y centros de datos. Y esa competencia ya está en marcha.

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