Un telescopio de 500 millones de dólares está cayendo a la Tierra: este es el plan de la NASA para rescatarlo y evitar una catástrofe

 


El observatorio espacial Neil Gehrels Swift, uno de los instrumentos astronómicos más singulares que la NASA mantiene en órbita baja, perdió operaciones científicas hace más de un mes. La causa: la fricción atmosférica lo arrastra hacia la Tierra a un ritmo que, sin intervención, lo convertirá en una bola de fuego antes de octubre. El costo del satélite, ajustado por inflación, supera los 500 millones de dólares. El presupuesto asignado para rescatarlo es de apenas 30 millones.


La agencia no enviará astronautas ni construirá una misión de reemplazo. En cambio, contrató a Katalyst Space Technologies, una empresa fundada en 2020 con sede en Broomfield, Colorado, para que construya, pruebe y lance una nave de servicio robótica en un plazo que la propia industria considera extraordinariamente ajustado: nueve meses.


Un reloj que no perdona: junio o nada

El lanzamiento está programado para el 1° de junio desde el atolón Kwajalein, en las Islas Marshall. La nave de rescate, llamada Link, se desprenderá de un cohete Pegasus XL, lanzado desde un avión sobre el Pacífico, y navegará durante varias semanas hasta alcanzar al Swift. Una vez allí, intentará atrapar el satélite con tres brazos robóticos y elevar su órbita para prolongar la misión varios años más.


"Si no lanzamos en junio, existe un riesgo real de que esta misión no se concrete", advirtió Ghonhee Lee, fundadora y CEO de Katalyst. A fines del verano boreal, el Swift caerá por debajo de los 320 kilómetros de altitud: demasiado bajo para operar con seguridad dos naves acopladas bajo la influencia del arrastre atmosférico.


El escenario empeoró en los últimos meses. La actividad solar intensa provocó tormentas geomagnéticas que expandieron la atmósfera superior, acelerando la caída del satélite. Lo que antes se calculaba como una reentrada para finales de 2026 o principios de 2027 ahora proyecta un intervalo entre julio y octubre próximos.


Ingeniería a contrarreloj: diseño, prueba y verificación al mismo tiempo

Katalyst tiene alrededor de 40 personas dedicadas al rescate, todas dentro del mismo espacio de trabajo. Cuando algunos proveedores no pudieron cumplir los plazos inusuales, la empresa cambió de vendedor o fabricó los componentes internamente. 


El desafío técnico va más allá del tiempo disponible. El Swift nunca fue concebido para recibir visitas en órbita. Katalyst no cuenta con fotos del sector inferior del satélite, el ángulo desde el cual se realizará la captura, porque ese registro sencillamente no existe en los archivos de la NASA ni de Northrop Grumman, que construyó la nave en 2004. La pintura exterior lleva 22 años expuesta a la radiación ultravioleta y probablemente se encuentre agrietada. El aislamiento térmico, degradado por el oxígeno atómico del entorno espacial, puede fracturarse como vidrio al primer contacto.


Los brazos robóticos del Link fueron diseñados para adaptarse a distintos escenarios: buscarán bordes firmes donde aferrarse y evitarán superficies frágiles.


El cohete elegido para el lanzamiento también resulta llamativo. En lugar de un Falcon 9, la opción más confiable del mercado, Katalyst optó por el Pegasus XL, un vehículo de lanzamiento aéreo que no vuela desde 2021 y cuyo programa está en retirada. La razón es práctica: la órbita del Swift oscila entre 20 grados norte y sur de latitud para evitar la Anomalía del Atlántico Sur, una zona de mayor radiación. Un Falcon 9 dedicado desde Cabo Cañaveral costaría entre 65 y 70 millones de dólares, mientras que el Pegasus puede alcanzar esa inclinación ecuatorial y opera desde una plataforma aérea móvil, despegando desde cualquier latitud conveniente.


La NASA entiende que el éxito no está garantizado. Pero lo que sí está claro es que la agencia prefiere esta apuesta a construir un sucesor desde cero: Swift sigue siendo el único satélite estadounidense capaz de detectar y orientarse hacia destellos de rayos gamma, las explosiones más energéticas del universo conocido, antes de que su resplandor se extinga.


Si el Link logra acoplarse y relanzar al Swift, habrá conseguido algo que ninguna empresa pequeña intentó antes: rescatar un satélite científico activo al borde de la reentrada, sin que ese satélite fuera diseñado para recibirla.

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